¿Qué voy a hacer con los años que todavía tengo por delante?

Cuando has pasado años resolviendo el presente, mirar hacia adelante no es tan fácil como parece.

Hay un momento extraño en la vida laboral. Tú sabes que algo se acerca.

Desde fuera, todo parece estar bien.

Tienes experiencia. Responsabilidades. Ingresos. Una reputación construida durante años. Hay gente que confía en ti y problemas que todavía llegan a tu escritorio porque saben que puedes resolverlos.

 

No estás fracasando.

Ese es precisamente el problema.

 

Porque mientras todos ven lo que has construido, tú comienzas a escuchar algo que todavía no sabes nombrar.

Puede ser una pregunta, ¿cuánto tiempo más quiero trabajar así?

Puede ser una incomodidad, ¿seguirá siendo valiosa mi experiencia dentro de 5 o 10 años?

Puede ser algo mucho más concreto, ¿qué ocurriría si mañana desapareciera este cargo?

 

O puede ser una pregunta que durante mucho tiempo parecía innecesaria:

¿Qué voy a hacer con los años de trabajo que todavía tengo por delante?

 

A mí me ocurrió.

Y no ocurrió cuando mi vida estaba mal.

Ocurrió cuando muchas cosas estaban funcionando.

 

Yo tampoco tenía tiempo para mirar

Trabajé durante mucho tiempo.

Tuve responsabilidades, conseguí resultados, cambié de industria, de cargo y de desafíos. Aprendí a entrar en mundos que no conocía, entender rápidamente lo que estaba ocurriendo y responder. Me hice experta.

También tenía amigos, libros, música, conversaciones, intereses y una familia que era parte central de mi vida.

No había olvidado vivir. Mi problema era otro.

Mi presente estaba completamente lleno.

 

Trabajo. Hijos. Padres. Responsabilidades. Dinero. Decisiones. Afectos. Personas que necesitaban algo de mí. Una vida que tenía que seguir funcionando.

Durante mucho tiempo lo imaginé como hacer malabares con ocho antorchas encendidas.

Cuando tienes ocho antorchas en el aire, no miras el paisaje.

Miras las antorchas.

Porque basta que una caiga para que algo se queme.

 Yo sabía perfectamente qué tenía que hacer ese día, esa semana y probablemente ese año.

Lo que no sabía era hacia dónde me estaba llevando todo eso.

 

No me faltaba vida. Me faltaba espacio para mirar más lejos.

 

El éxito tiene una trampa

Cuando las cosas van mal, miramos.

Cuando funcionan, suponemos que seguirán funcionando.

El cargo protege, los ingresos tranquilizan, el reconocimiento confirma.

La agenda llena incluso puede hacernos sentir indispensables.

Y quizás lo seamos…

Pero hay una diferencia enorme entre tener un buen presente y tener preparado el futuro.

Yo también pensaba que mi experiencia, mis capacidades, mis relaciones y mi trayectoria se transformarían naturalmente en algo que viniera después.

No era una idea absurda. Solo era incompleta.

 Porque una trayectoria demuestra lo que fuiste capaz de hacer.

No garantiza que el mercado seguirá necesitando lo mismo.

 Esa diferencia parece evidente cuando la escribo. No lo era mientras sostenía las 8 antorchas, menos cuando tienes responsabilidades. 

No puedes detener toda tu vida cada vez que aparece una duda.

 

El río todavía te lleva

Con el tiempo comencé a imaginar la carrera como un río; pero de esos rápidos, tumultuosos, con muchas corrientes, tal como el de la gráfica de este escrito.

 Entramos en él bastante jóvenes y aprendemos a movernos y maniobrar para no darnos vuelta.

Estudiamos. Trabajamos. Competimos. Nos equivocamos. Nos levantamos.

Aceptamos oportunidades. Rechazamos otras. Cambiamos de empresa. Construimos una familia. Pagamos deudas. Recibimos promociones.

 Algunas veces elegimos el recorrido.

Muchas otras simplemente respondemos a lo que la vida pone delante.

 Y así pasan 15, 20 o 30 años.

Nos volvemos extraordinariamente buenos navegando.

Y después de algunos años, llegamos a creer que conocer el río es lo mismo que controlar el recorrido.

 

Hasta que un día comenzamos a escuchar algo más adelante.

Algo que todavía no vemos. Pero está ahí.

La “catarata”.

Puede llamarse reestructuración. Automatización. Cambio tecnológico.

Sucesión. Una industria que pierde fuerza o una empresa que empieza a mirar capacidades distintas.

El momento en que una organización comienza a interpretar experiencia como costo.

La jubilación…

 

O simplemente tú diciendo:

no quiero vivir los próximos diez años exactamente como viví los anteriores.

 

La catarata no tiene por qué ser una tragedia.

Es el momento en que la continuidad deja de estar garantizada.

Y todos los ríos profesionales tienen algún obstáculo que amenaza la travesía.

 

Las señales casi nunca llegan juntas

El problema es que nadie entra a tu oficina y te dice:

“Tu etapa más segura está terminando. Sería bueno que comenzaras a preparar la siguiente.” 

Las señales llegan separadas.

Una reunión importante a la que ya no te invitan. Una decisión que antes habría pasado por ti.

Puede ser una persona más joven que comienza a ocupar espacios de mayor visibilidad o una promoción que no llega.

Un proyecto desafiante que recibe otra persona y que no hace mucho te lo hubieran ofrecido a ti.

Un nuevo lenguaje que todos parecen dominar y que a ti te tiene un poco confundido.

Una felicitación por tu trayectoria cuando antes te felicitaban por tu potencial.

 

Y también aparecen señales dentro de ti.

Sigues haciendo bien tu trabajo, pero ya no estás aprendiendo demasiado.

Resuelves problemas que conoces de memoria.

Puedes imaginar perfectamente tu próximo cargo, pero no sabes si realmente lo quieres.

Piensas en seguir diez años exactamente igual y algo dentro de ti se resiente.

 

Una señal aislada probablemente no significa nada.

El problema es no relacionarlas.

Porque anticiparse no consiste en asustarse antes.

Anticiparse es darse cuenta antes.

 

Entonces hacemos algo muy humano

No escuchamos.

Trabajamos más. Aceptamos más responsabilidades.

Intentamos volvernos indispensables.

Hacemos otro curso para actualizar el currículum.

Confiamos en que nuestros resultados hablarán por nosotros.

Pensamos que nuestros contactos estarán disponibles cuando los necesitemos.

Nada de eso está necesariamente mal.

Pero todo junto puede convertirse en una forma extraordinariamente sofisticada de evitar una pregunta.

 

¿Estoy construyendo mi futuro o simplemente estoy haciendo más de aquello que funcionó en mi pasado?

Porque hacer más no siempre significa prepararse mejor. A veces solo significa correr más rápido hacia el mismo lugar.

 

Tu experiencia no es tu futuro

He acompañado a profesionales que después de una “salida” inesperada descubren que no hablaban con el mercado desde hacía quince años.

Conocían perfectamente su empresa, pero no sabían cómo era leído su perfil fuera de ella.

Otros descubren que tenían cientos de contactos y muy pocas relaciones.

Algunos tienen una experiencia extraordinaria, pero les cuesta explicar cómo esa experiencia puede resolver los problemas que hoy importan, en otra empresa, otra industria o una forma diferente de trabajar.

 

La experiencia no perdió valor.

Ocurrió otra cosa.

La experiencia no se transforma sola en oportunidades.

Hay que aprender a leerla. Hay que actualizarla, traducirla, comunicarla.

Conectarla con aquello que el mundo necesita hoy.

Y para hacer eso necesitas algo que normalmente no tienes cuando la crisis ya llegó:

tiempo.

Por eso el peor momento para comenzar a construir alternativas es cuando ya no tienes ninguna.

Aquí el problema es utilizar el presente como garantía del futuro.

 

No tienes que saltar del bote al río

Y aquí quiero detenerme un momento. Porque quizás mientras lees esto estás pensando:

“Entonces tengo que hacer algo drástico.”

¡No!

No tienes que renunciar ni convertirte en emprendedor.

No tienes que cambiar de industria.

No tienes que anunciar en LinkedIn que estás comenzando una nueva vida.

Puedes permanecer donde estás o puedes buscar otro cargo.

Puedes construir una actividad paralela.

Puedes adquirir capacidades nuevas.

Puedes descubrir que amas lo que haces, pero quieres hacerlo de otra manera.

 

Lo relevante es que todavía no necesitas saberlo.

La decisión viene después.

Primero necesitas recuperar algo que una carrera muy exigente puede haberte quitado:

margen.

Margen para observar.

Margen para preguntar.

Margen para experimentar.

Margen para construir opciones antes de necesitarlas.

 

Eso, para mí, es comenzar a construir una Arquitectura de Carrera.

No esperar a que las circunstancias diseñen la siguiente etapa por ti.

Empezar a diseñarla mientras todavía puedes elegir.

 

Entonces, ¿por dónde empiezo?

Tampoco necesitas hacer un plan de cinco años (con lo acelerado del cambio, con suerte se puede planificar para 12 meses).

No tienes que resolver hoy qué vas a hacer con el resto de tu vida laboral.

 Empieza más pequeño.

Toma papel, lápiz y hazte tres preguntas. Escribe tus respuestas.

 

Pregunta 1: ¿qué quiero conservar?

No pienses solo en tu cargo.

Piensa en aquello de tu vida laboral que todavía tiene valor para ti.

Puede ser una capacidad o una forma de trabajar.

Una relación.

Un tipo de problema que todavía disfrutas resolviendo, una autonomía que no quieres perder.

Un nivel de ingresos que necesitas sostener.

Una parte de tu identidad profesional que todavía te representa.

 

Escríbelo¡¡

No todo lo que construiste necesita desaparecer para que algo nuevo pueda comenzar.

 

Pregunta 2: ¿qué está empezando a perder vigencia?

Aquí hay que mirar en dos direcciones.

Primero, hacia fuera.

¿Qué está cambiando en tu industria?

¿Qué conocimiento empieza a valer menos?

¿Qué tareas pueden hacerse hoy con menos tiempo, menos personas o más tecnología?

¿Qué tipo de experiencia está siendo reemplazada por capacidades nuevas?

 

Después mira hacia dentro.

¿Qué es eso que ya no quieres seguir haciendo?

¿Qué responsabilidad sostienes porque siempre la ha estado ahí?

¿Qué haces bien, pero ya no te produce curiosidad?

¿Qué parte de tu éxito se ha convertido en una carga?

 

No necesitas juzgarlo.

Solo verlo.

 

Pregunta 3: ¿qué necesito empezar a construir antes de necesitarlo?

Esta es probablemente la pregunta más importante.

Porque aquí no estás decidiendo todavía.

Estás creando opciones.

 

Tal vez sea una relación nueva.

Una conversación con alguien fuera de tu empresa.

Una capacidad que sabes que vas a necesitar. Mayor visibilidad profesional.

Una forma distinta de contar lo que sabes hacer.

O esa experiencia que siempre has querido desarrollar en otro sector.

Una actividad paralela. Una fuente adicional de ingresos.

Una conversación que llevas meses postergando.

 

No necesitas hacerlas todas.

Elige una.

SÓLO UNA ¡

 

Y pregúntate:

¿Cuál sería el movimiento más pequeño que podría hacer durante los próximos siete días?

 

Puede ser escribirle a alguien o pedir una conversación.

Investigar una industria. Actualizar una parte de tu perfil.

Probar una herramienta nueva.

Preguntar cómo te ve alguien que conoce bien tu trabajo.

Diez minutos pueden ser suficientes para empezar.

 

Aquí, lo importante no es el tamaño del movimiento.

Es lo que ese movimiento te permite descubrir.

 

Primero información. Después decisiones.

Hay algo que he aprendido acompañando carreras.

Muchas veces queremos decidir demasiado pronto.

“¿Me voy o me quedo?”

“¿Cambio de industria?”

“¿Emprendo?”

“¿Acepto este cargo?”

Pero cuando todavía no hemos mirado suficiente, esas preguntas son prematuras.

 

Antes de decidir necesitamos información.

Sobre nosotros. Sobre el mercado. Sobre cómo otros nos ven.

Sobre aquello que todavía queremos. Y más todavía sobre aquello que ya no estamos dispuestos a sostener.

 

Por eso, durante esta primera etapa, no busques respuestas definitivas.

Busca evidencia.

Conversa. Prueba algo. Pregunta. Mira. Contrasta.

Porque cada pequeño movimiento reduce la niebla.

Y cuando la niebla disminuye, aparecen caminos que antes no veías y que a veces son muy atractivos.

 

Escucha tres lugares

Mientras haces ese ejercicio, escucha.

 

Primero, escúchate a ti.

¿Qué parte de tu trabajo todavía te mueve?

¿Qué haces únicamente porque sabes hacerlo muy bien?

¿Qué has dejado de aprender?

¿Qué conversación contigo llevas demasiado tiempo postergando?

 

Después escucha el entorno.

¿Qué está cambiando en tu industria?

¿Qué capacidades empiezan a valer más?

¿Qué problemas están desapareciendo?

¿Qué puede hacerse hoy con menos personas, menos tiempo o menos experiencia?

 

Y finalmente escucha a los otros.

¿Siguen hablando contigo sobre tu futuro?

¿Hablan de tu potencial o solamente de tu trayectoria?

No necesitas convertir inmediatamente esas respuestas en decisiones.

Necesitas convertirlas en información.

Porque la información devuelve margen; que a esta altura es el espacio que te permite respirar.

 

Todavía estás a tiempo

Yo también necesité aprender a mirar mi propia carrera desde fuera.

Tenía experiencia, capacidades, relaciones. Tenía una historia. Lo que no tenía era un mapa.

Durante años había sabido responder qué necesitaban mi trabajo, mi familia y las personas que me rodeaban.

Ahora tenía que responder otra pregunta:

 

¿Qué necesitaba yo para la vida que todavía tenía por delante?

 

No encontré la respuesta de una vez.

Y creo que ahí también hay algo importante.

No construimos una nueva etapa profesional sentándonos una tarde a pensar hasta que aparece la gran respuesta.

La vamos construyendo.

Conversación a conversación. Pregunta a pregunta. Decisión a decisión. Experimento a experimento. Caída a caída.

 

Con el tiempo entendí algo que hoy atraviesa buena parte de mi trabajo.

Mirar hacia adelante no destruye lo que construiste; te permite decidir qué quieres hacer con ello.

Tu experiencia es palpable. Tu trayectoria es algo concreto. Tus relaciones y tus capacidades también lo son. Pero el diseño de lo que viene todavía está abierto.

Y esa quizás sea una de las mejores noticias que puedo darte.

La catarata no es el final del río. Sólo cambia el paisaje.

La diferencia está en cómo quieres llegar: arrastrado por la corriente o habiendo preparado la ruta.

 

Por eso, cuando termines de leer esto, no intentes resolverlo todo de una vez.

Haz algo más pequeño, toma esa hoja y escribe:

Qué quiero conservar.
Qué está perdiendo vigencia.
Qué necesito empezar a construir.

Y elige un movimiento para esta semana.

Uno¡¡

Y después observa qué información aparece.

 

Hoy todavía tienes margen.

Todavía puedes mirar. Todavía puedes preguntar y construir alternativas.

No necesitas tener hoy mismo todas las respuestas.

Pero sí hay una pregunta que vale la pena escuchar:

 

Si sabes que por este río se aproxima una catarata, ¿en qué momento quieres hacer orilla?

 

No respondas rápido. Primero mira, después muévete.

 

Y luego vuelve a mirar con atención. El futuro está mucho más cerca de lo que piensas.

 

Y para vivir y crear, puedes tomar como ejemplo a Steve Jobs y el campo de distorsión de la realidad que fue basado en su forma de enfrentar los desafíos. De eso te escribiré en mi próxima entrega.

 

 

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