Cuando la brújula deja de señalar el norte

Hay una forma de perderse que no se parece en nada a estar detenido.

Sigues avanzando.

Trabajas, cumples, resuelves problemas, respondes mensajes, participas en reuniones y tomas decisiones. Incluso puedes seguir obteniendo buenos resultados.

Desde afuera, pareciera que todo continúa funcionando.

 

Pero algo se movió.

Las señales que antes te permitían saber que ibas en la dirección correcta ya no resultan tan claras.

 

Durante años aprendiste que había una relación relativamente comprensible entre esfuerzo, resultados y progreso.

Hacías bien tu trabajo. Los resultados llegaban. Alguien lo veía. Algo se abría.

No siempre funcionaba de manera perfecta, por supuesto, pero conocías el código. Sabías interpretar las señales.

Hasta que un día ese código deja de ser tan evidente.

 

Cuando el entorno comienza a responder de otra manera

 

Continúas haciendo muchas de las cosas que antes producían reconocimiento, pero la respuesta del entorno es distinta.

Lo que durante años fue considerado valioso parece haber perdido peso o adquirido otro significado.

 

No sabes exactamente cuándo ocurrió.

Quizás comenzó en una reunión en la que tu opinión ya no tuvo la influencia que esperabas. Con una oportunidad que fue para otra persona. Con una decisión que se tomó sin ti. Con la aparición de nuevas tecnologías, otros lenguajes y formas diferentes de trabajar.

 

O quizás no pasó nada especialmente visible.

Ese es precisamente el problema.

 

No hubo una gran ruptura que permitiera decir: “Aquí cambió todo”.

Solo comenzaste a sentir que algo ya no estaba donde se suponía que debía estar.

Como si miraras la brújula que te acompañó durante años y descubrieras que su aguja ya no permanece quieta. A veces apunta hacia un lugar; poco después, hacia otro. Intentas corregir tu dirección, pero cada vez que vuelves a mirarla, el norte parece haberse movido.

También cambiaron los puntos de referencia.

Esos puntos, un resultado, una posición, la opinión de ciertas personas, la confianza en tu experiencia, ya no ocupan el mismo lugar.

Miras alrededor buscando alguna señal conocida, pero el paisaje no coincide con lo que recuerdas.

 

Es ahí cuando aparece una sensación difícil de explicar.

No estás completamente detenido, pero tampoco sabes si avanzas.

Tomas decisiones, pero dudas de los criterios con los que las estás tomando. Consigues resultados, pero ya no sabes qué demuestran. Continúas caminando, aunque por momentos sientes que el piso bajo tus pies se mueve.

 

Y cuando el piso se mueve, no solo nos preguntamos hacia dónde vamos.

También comenzamos a preguntarnos si todavía podemos confiar en nuestra manera de orientarnos.

 

Y surgen las inquietudes:

¿Sigue siendo importante lo que sé y cómo lo hago?

¿Mi experiencia sigue vigente?

¿Estoy avanzando o solamente estoy ocupado?

¿Estoy construyendo algo o tratando de sostener lo que ya tengo?

¿Estoy siendo paciente o me estoy quedando atrás?

 

Preguntas que antes podías responder con cierta seguridad ahora admiten respuestas contradictorias.

Lo que ayer parecía una fortaleza hoy podría estar limitándote.

Lo que antes era prudencia hoy podría ser inmovilidad.

Lo que parecía progreso podría ser apenas permanencia.

 

Y lo más desconcertante es que no sabes si perdiste el norte o si el norte que te orientó durante tantos años simplemente dejó de estar donde lo buscabas.

 

Entonces intentas esforzarte más

 

Cuando perdemos orientación, nuestra primera reacción suele ser intensificar lo conocido.

Trabajamos más.

Aceptamos otra responsabilidad. Intentamos demostrar nuevamente nuestro valor.

Buscamos recuperar el reconocimiento que antes recibíamos utilizando las mismas estrategias que alguna vez nos permitieron conseguirlo.

 

Es comprensible.

Cuando algo funcionó durante mucho tiempo, cuesta pensar que la dificultad pueda estar en los criterios con los que medimos nuestro avance y no en la cantidad de esfuerzo que estamos realizando.

Entonces corremos más rápido.

Pero correr más rápido no resuelve nada cuando no sabemos si seguimos avanzando hacia el lugar que queremos.

 

Podemos alcanzar un nuevo resultado y no sentir satisfacción. Recibir una señal de reconocimiento y descubrir que ya no nos importa de la misma manera. Cumplir otra meta y seguir pensando que algo no encaja.

A mí también me ocurrió. Solo que tardé varios años en reconocerlo.

Durante muchos años, cumplir objetivos, resolver problemas complejos, volverme exxperta y sentir que mi trabajo producía resultados me daba satisfacción.

Había una sensación de logro, pero también de coherencia: aquello que hacía tenía sentido para mí y parecía conversar con la vida que estaba construyendo.

 

Eso no cambió de un día para otro.

Seguí haciendo bien muchas de las mismas cosas. Los resultados continuaban llegando. Desde afuera, no había razones evidentes para sentirme distinta.

Pero dejaron de producir en mí la misma sensación.

Lo que antes me movilizaba comenzó a resultarme insuficiente. No porque hubiese perdido disciplina ni porque el trabajo hubiera dejado de importar, sino porque cumplir ya no respondía por sí solo una pregunta que comenzaba a hacerse más presente:

¿Esto todavía es coherente con mi vida, con mis valores y con la persona en la que me estoy convirtiendo?

Al principio podemos interpretar esa sensación como cansancio, desmotivación o falta de gratitud. Entonces intentamos recuperar el entusiasmo esforzándonos más.

Pero no siempre lo que falta es energía.

A veces lo que cambió fue nuestra medida interna.

El resultado puede seguir siendo bueno y, sin embargo, dejar de sentirse significativo.

 

Una vida con más de un norte

Confiamos en una brújula porque suponemos que siempre señalará el norte.

¿Pero qué pasa cuando comenzamos a reconocer más de uno?

Durante años, ese norte pudo ser crecer dentro de una organización, alcanzar determinada posición, aumentar los ingresos, dirigir equipos más grandes o ser reconocido por una especialidad.

Ninguna de esas aspiraciones es incorrecta.

Pero llega un momento en que otras direcciones comienzan a adquirir importancia: la estabilidad, la libertad, el tiempo, la necesidad de generar ingresos de otra manera, el deseo de aprender y la posibilidad de contribuir desde otro lugar.

 

La aguja parece apuntar hacia distintas direcciones porque la vida comenzó a contener más de un norte.

Y nosotros seguimos esperando que todos coincidan.

 

Cuando el piso deja de sentirse firme

 

Tal vez no perdiste tu capacidad.

Tal vez perdiste las referencias con las que medías tu avance.

Y si eso es así, buscar rápidamente una nueva dirección podría aumentar todavía más la confusión.

Porque antes de decidir hacia dónde ir, necesitas comprender qué fue lo que se movió.

¿Cambió el entorno?

¿Cambiaste tú?

¿Cambió aquello que considerabas una vida profesional exitosa?

¿O cambió todo al mismo tiempo?

 

Quizás por eso la pregunta más honesta todavía no es “¿qué hago ahora?”.

Es una pregunta anterior, menos práctica y mucho más difícil:

 

¿Cómo le pongo nombre a lo que me está pasando?

 

Tal vez recuperar la orientación comience exactamente ahí.

 

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