No es que no puedas, ¡es que olvidaste que ya pudiste antes!

Hay momentos en la vida profesional en que, después de muchos años de experiencia, volvemos a sentirnos como principiantes.

No porque hayamos dejado de saber lo que sabemos. Tampoco porque nuestra experiencia haya perdido todo su valor.

 

Algo cambió. Las condiciones ya no son las mismas. Lo que antes funcionaba dejó de funcionar y, por más que intentamos encontrar respuestas, ninguna parece suficientemente clara.

 

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Y si esta vez no puedo? Y se cierra la garganta, se aprieta el estómago y el corazón se nos acelera.

 

Es curioso. Podemos llevar diez, quince, veinte o más años resolviendo problemas, tomando decisiones, enfrentando grandes dificultades y acompañando a otros en momentos difíciles, incluso liderando equipos en aguas turbulentas.

Sin embargo, aparece una situación que no sabemos cómo abordar para que empecemos a dudar de nosotros mismos.

 

Como si toda nuestra experiencia anterior hubiera quedado suspendida.

Como si tuviéramos que demostrar, una vez más, que somos capaces.

 

Cuando no saber qué hacer se convierte en dudar de uno mismo

 

En el artículo anterior, "No solo cambió el paisaje, también cambiaste tú", vimos que los cambios no ocurren solamente afuera: también nos transforman por dentro. Y comprender lo que nos pasa necesita tiempo.

No siempre podemos pasar inmediatamente de la incomodidad a una decisión.

A veces necesitamos permanecer un poco más en ese lugar donde todavía no tenemos respuestas.

 

Pero hay un riesgo.

 

Que mientras intentamos comprender lo que nos sucede, empecemos a confundir dos cosas muy diferentes:

 

Porque no saber cómo resolver una situación no es lo mismo que  pensar que no somos capaces de resolverla.

 

La primera habla de un desafío que todavía no sabemos abordar.

La segunda pone en duda nuestra capacidad.

 

Y cuando confundimos ambas, la incertidumbre deja de estar solamente en el escenario y comienza a instalarse en la manera en que nos miramos. Y eso es peligroso porque nos pone lentos y nos distrae del objetivo.

 

Hay una pregunta que me hago cuando las cosas se ponen difíciles

 

Cuando me encuentro frente a situaciones especialmente complejas, hay algo que suelo hacer.  Miro hacia atrás.

Y me pregunto:

¿He estado alguna vez frente a algo que me pareciera tan difícil como esto?

 No busco necesariamente una situación igual. Probablemente no haya vivido algo idéntico.

Lo que hago es recordar algún momento en que tampoco sabía qué hacer. Un momento en el cual estuviera así de asustada, preocupada, inquieta o dudosa. Un momento así de complicado.

 

Pudo haber sido una decisión que me costó tomar. Un cambio que no esperaba. Una responsabilidad para la que no me sentía suficientemente preparada. Una situación que me obligó a aprender de nuevo, a pedir ayuda o a encontrar una manera distinta de hacer las cosas.

Dejar y partir. Renunciar y soltar.

 

Y entonces empiezo a recordar.

 

Recuerdo que hubo momentos en que tampoco tenía certezas. Que algunas decisiones las tomé sin saber cómo terminarían.

Y lo hice con los dientes apretados. Sin certezas, pero con esperanza.

Hubo errores, dudas y caminos que no resultaron como esperaba. Pero también recuerdo que fui encontrando maneras de avanzar.

 

A veces con mis propios recursos. Otras, apoyándome en personas que sabían algo que yo todavía no sabía.

 Y esa memoria, ese recuerdo, cambia algo en mi cabeza, en mi alma. Me da una certeza de mí misma.

No hace desaparecer el problema. No convierte lo difícil en fácil.

Pero me devuelve una perspectiva que, en medio de la incertidumbre, había perdido.

 

Lo que olvidamos de nuestra propia historia

 

Hay algo particular en la experiencia profesional.

Muchas de las dificultades que superamos dejan de parecernos tan difíciles.

 

Eso que alguna vez nos quitó el sueño termina convertido en una anécdota (que también puede ser amarga). Una decisión que nos produjo enorme inseguridad pasa a formar parte de nuestra trayectoria. Una capacidad que nos costó años desarrollar termina pareciéndonos natural.

 

Olvidamos cuánto tuvimos que aprender para llegar a hacer con facilidad lo que hoy hacemos. O que nos lanzamos a la piscina sin saber si tenía suficiente agua. Solo con el coraje y la confianza de que saldríamos adelante, porque estábamos poniendo el 1000% de nosotros en esa certeza.

 

Y hoy, cuando aparece un desafío nuevo, miramos principalmente lo que nos falta.

Lo que no sabemos. Lo que no dominamos. Lo que todavía no comprendemos. Lo que perdimos.

 

No es que no puedas, es que olvidaste que ya pudiste antes.

 

Esta frase no significa que todo desafío tenga solución, ni que haber superado una dificultad garantice que podamos superar la siguiente.

Significa algo diferente.

Que nuestra historia contiene evidencia de capacidades que quizás no estamos considerando cuando evaluamos nuestras posibilidades.

 

No busques solamente lo que conseguiste (o no). Recuerda cómo lo hiciste.

 

Cuando miramos nuestra trayectoria profesional, solemos recordar cargos, empresas, proyectos, responsabilidades y resultados.

Es una manera de contar la historia. Pero hay otra.

Podemos preguntarnos qué tuvimos que desarrollar para llegar hasta allí.

 

Quizás aprendimos a tomar decisiones sin contar con toda la información. A relacionarnos con personas muy diferentes. A enfrentar conversaciones difíciles, desafiantes y que se llevaron una parte nuestra para siempre. A reconocer cuándo necesitábamos ayuda. A cambiar de opinión. A empezar nuevamente después de equivocarnos. A decir que no, aun cuando nos costara todo eso por lo cual habíamos trabajado.

 

Algunas de esas capacidades las aprendimos deliberadamente. Otras aparecieron porque las circunstancias nos obligaron a encontrar recursos que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Y muchas quedaron tan incorporadas a nuestra manera de actuar que dejamos de reconocerlas como algo valioso.

 

Por eso, cuando vuelvas a mirar tu historia, no te detengas solamente en lo que lograste.

Pregúntate qué hiciste cuando no sabías cómo hacerlo.

Qué aprendiste mientras buscabas una salida.

Qué descubriste de ti en ese proceso.

Y, sobre todo, qué parte de aquello sigue estando disponible para enfrentar lo que hoy tienes por delante.

 

Porque no se trata de repetir las respuestas del pasado.  El escenario cambió. Tú también cambiaste.

Se trata de reconocer los recursos que desarrollaste y descubrir cómo podrían ayudarte a responder de otra manera.

 

No estás empezando desde cero

 

Puede que necesites aprender cosas nuevas, abandonar ciertas certezas o aceptar que algunas de tus antiguas estrategias ya no funcionan.

Nada de eso desaparece por recordar lo que hiciste antes.

 

Pero hay una diferencia importante entre enfrentar el futuro pensando únicamente en lo que te falta y hacerlo reconociendo también aquello con lo que cuentas.

Tu experiencia no es solamente una colección de hechos que quedaron atrás. También es una historia de aprendizajes, decisiones, dificultades y recursos que fuiste desarrollando, muchas veces sin darte cuenta.

 

Y aunque no todos sirvan de la misma manera en este nuevo escenario, algunos pueden convertirse en el punto de partida de algo que todavía no has imaginado.

Por eso, antes de concluir que no puedes, vuelve a hacerte aquella pregunta:

 

¿He estado alguna vez frente a algo que me pareciera tan difícil como esto?

¿Salí adelante alguna vez de algo tan difícil como esto?

 

Tal vez no encuentres una respuesta inmediata.

Pero quizás recuerdes algo que estás necesitando recuperar.

 

Que antes también hubo momentos en los que no sabías cómo seguir.

Y que, aun sin tener un mapa, fuiste capaz de encontrar un camino.

 

Esta vez tampoco necesitas conocer todas las respuestas para comenzar a reconocer tus posibilidades sino ser consciente de que no es que no puedas, es que olvidaste que ya pudiste antes.

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No solo cambió el paisaje. También cambiaste tú.